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Noticias

Adiós a José Eduardo Jiménez, jefe de la Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo.


José Eduardo Jiménez Gómez(16/08/43 - 20/11/17)

Hoy se siente un profundo silencio en los talleres de la Imprenta Patriótica, donde José Eduardo Jiménez Gómez enalteció durante medio siglo el arte de disponer correctamente el material de imprimir, colocar las letras, repartir el espacio y organizar los tipos para darle al lector la máxima ayuda para la comprensión del texto escrito.

 

Bogotá, 20 de noviembre de 2017. El Instituto Caro y Cuervo expresa sentidas y profundas condolencias ante el fallecimiento del señor Jiménez, quien entregó su vida al oficio en la Imprenta Patriótica y que hoy es recordado por sus compañeros como un maestro de la tipografía y un ser humano entrañable y honesto.

Toda la vida de don José Eduardo estuvo dedicada al arte de la impresión tipográfica, tanto así que el 6 de agosto de 2014 la Ministra Mariana Garcés lo condecoró con la Gran Orden del Ministerio de Cultura por su trayectoria en el Instituto Caro y Cuervo; donde, desde 1963 se desempeñó como armador, jefe de taller, linotipista y, finalmente, como jefe de imprenta a partir de 1969 hasta el año 2012.

Llegó al Instituto Caro y Cuervo el 26 de agosto de 1963. Lorenzo Rivera Munévar, entonces jefe técnico de la Imprenta Patriótica, lo buscó en el Colegio León XIII y le ofreció el cargo de armador. Desde entonces —aseguró en una entrevista hecha en 2014— se enamoró de Yerbabuena. “Esa hacienda era un bosque donde se podían ver venados, y los buses municipales salían por un camino de trocha y recorrían una angosta que orillaba la sierra. Bogotá llegaba hasta la calle 80 y cada ida al trabajo era una aventura. Con los años uno fue viendo cómo las montañas se vestían de asfalto mientras Bogotá se convertía en la gran metrópoli de hoy día”.

Durante los 50 años que trabajó en la Imprenta Patriótica se destacó por su perseverancia y amor al oficio. Entre 2010 y 2012 colaboró con la elaboración y edición del libro La Imprenta Patriótica, 50 años de historia (1960-2010). Allí se narran muchas de sus anécdotas como experto tipográfico y se incluyó el discurso de despedida de cuando se retiró del Instituto Caro y Cuervo por jubilación, el cual compartimos a continuación:

 

 

Final de una travesía

Por José Eduardo Jiménez

5 de octubre de 2012

Agradezco la compañía de todos ustedes esta tarde en la que se agolpan mágicas visiones de una extensa época de mi ejercicio profesional. Especialmente, mi reconocimiento a los organizadores de este acto.

Transcurrió medio siglo y heme aquí, presto a partir para vivir en filiales escenarios, la parte final del caminar. Quedan acá, en ebullición difícil de aquietar, los sueños, la lucha, los afectos que magnificaron la existencia y, por lo tanto, el compromiso, el triunfo y la alegría. De todo ello brota gratitud inmensa porque el destino fue gratificante ruta con enamorado arraigo.

Por demás estaría un largo repaso de hechos que ya están recogidos por la historia y porque hoy es principalmente un día de Acción de Gracias:

A Dios, que me concedió los dones de un ideal nítido, la voluntad perseverante y la pasión por un quehacer que utiliza caracteres con los que se construye civilización.

A mis maestros de la Academia Salesiana, quienes me inculcaron el conocimiento y el respeto por una misión que me prodigó plenitud existencial; emocionado sea el recuerdo de ese claustro amable, alto nido que calentó ilusiones, recio cuño que marcó la vida.

A mi familia por su apoyo y comprensión en tantas vigilias obligadas por la ausencia.

Al Instituto Caro y Cuervo, notable techo que cobijó la impronta del amor y del esfuerzo; que me abrumó con responsabilidades, pero que también me colmó de honores.

A los directivos y a sus equipos de trabajo en todas las épocas, encarnados hoy por la Doctora Genoveva Iriarte Esguerra, Directora General, a quien rindo mi testimonio de gratitud por sus muchas muestras de acogida, reflejadas ahora mismo por su deseo de mantener en la distancia, mi relación con esta querida alma mater. El apoyo constante de todos ellos estimuló la fe para no claudicar en las fatigas.

A los científicos e investigadores de todos los tiempos: a su lado apilé mi surco y oyéndolos describí el maravillo hechizo del saber intelectual y la supremacía que este le confiere al ser humano.

A mis recordados compañeros, de todos los tiempos, en la Imprenta Patriótica: legión invicta en el fragor de muchas batallas libradas con las armas del conocimiento, del sacrificio y de la mística. A ellos debo el orgullo que pueda experimentar en este momento.

Y a todos los funcionarios, de ayer y de hoy: cada uno me entregó las enseñanzas que se desprenden de la convivencia en pluralidad fecunda.

Como en otras ocasiones en las que me ha distinguido la generosidad de su homenaje, invadido hoy de nostalgia atardecida, debo confesarles: ¡Gracias a todos! Se las da mi vida.

 

Medio siglo en el Instituto Caro y Cuervo

Por Alejandro Sánchez  

Libros “levantados” en linotipos —casi a lo Gutenberg—, cosidos con hilo y pegados con colbón. Bitácora de un enamorado de la tinta. Pinceladas de una memoria que no es solo la de un hombre sino la de su amor por una institución. El empleado más antiguo del Caro y Cuervo nos cuenta cómo abordó su navío en el océano de los libros y por qué la Imprenta Patriótica es, en pleno siglo xxi, un lugar atípico y reconocido como un bastión de la tecnología impresa en el mundo. Acercamiento a don José Eduardo Jiménez.

Han pasado decenas de abriles y ahora camina despacio: los afanes del ayer se han convertido en sabiduría. “¿Sabes cuál es la clave para durar 50 años en este trabajo? El amor”, dijo José Eduardo Jiménez mientras me apretaba la mano. Lo miré sorprendido por su respuesta y por la seriedad de su expresión. “Sí. No me mires así. Se necesita amor y pasión para hacer las cosas. Desde el principio tuve obstáculos, como todo el mundo los ha tenido, pero uno debe confiar en lo que sabe hacer”. Mientras hablaba limpió los lentes de sus gafas con un pañuelo blanco y limpio, apretó el nudo de su corbata y se acomodó el saco. Luego miró sus zapatos —debidamente lustrados— y se recostó, algo cansado, en la silla. Le pregunté por su juventud y recordó las experiencias chistosas que tuvo por ser bachiller técnico en artes gráficas a los dieciséis años en la década de los sesenta, cuando las personas se graduaban pasados los veinte años. Entre esas quijotadas recordó la ceremonia de su grado, cuando el delegado del Ministerio de Educación lo vio tan joven que, en plena tarima, no le entregó el diploma pensando que se trataba de una broma. Lo hizo devolver en la fila hasta verificar que en efecto aquel muchacho bajito, menudo y tal vez sonriente ante el impase ya era bachiller.

El señor Jiménez no alcanzó a cumplir la mayoría de edad ni a enfrentar los devenires laborales de la vida del recién graduado cuando el obispo Ángel María Torasso le ofreció la posibilidad de viajar a Florencia Caquetá a dirigir la imprenta José Allamano, “Caquetá era una tierra virgen de violencia, un paraíso de esos que se dibujan en el ocaso de los cielos colombianos”, rememora Jiménez. Allí hizo fama de joven talentoso y también conoció el amor. Lo que empezó por un beso con doña Graciela Sánchez terminó en noviazgo para toda la vida. Se casaron a los pocos meses de conocerse y tuvieron tres hijos. Mientras me cuenta esto, su esposa, que lo acompaña esta mañana, sonríe y le cruza el brazo. Lo mira con ternura, como si se tratara de un niño. Supongo que, tras esos cincuenta y un largos años juntos, debe conocerlo muy bien.

Siempre tuve problemas por ser joven”, dice él mirándola con una sonrisa irónica. “En el Caquetá no duré mucho.

Al año me llamaron de Bogotá a dictar clases en el colegio León XIII, de donde era egresado. Luego fui profesor en el Centro Don Bosco. Allí A las pocas semanas de estar trabajando, un supervisor nuevo entró al salón, me sacó de una oreja ¡y me dijo que remedar a un profesor era motivo de expulsión! Cuando le manifesté que yo era el profesor, él se puso de mal humor y me respondió: ‘¡Aparte de maleducado, me toma del pelo!’ Me llevó a rectoría y, para su sorpresa, se enteró de que, con dieciocho años, yo era uno de los nuevos profesores. Con el tiempo nos volvimos buenos amigos”.

El señor Jiménez llegó el 26 de agosto de 1963 al Instituto Caro Cuervo. Lorenzo Rivera Munévar, jefe técnico de la Imprenta Patriótica, lo buscó un día en el colegio y le ofreció el cargo de armador. Desde entonces —asegura— se enamoró de Yerbabuena: cuando pronuncia esta palabra se le escapa un suspiro y queda inmóvil y dubitativo. Es como si el tiempo se detuviera, como si el antes y el después se fusionaran y desaparecieran. “A esa hacienda la rodeaba un bosque donde podías ver venados. Los buses intermunicipales salían por una trocha a una angosta autopista. Bogotá llegaba hasta la calle 80, y cada ida al trabajo era una aventura. Con los años uno fue viendo cómo las montañas se cubrían de asfalto y Bogotá llegaba a ser la enorme ciudad de hoy día”.

El recelo que despertaba por su juventud —y que lo proveyó de no pocas anécdotas jocosas— también lo vivió en la Imprenta Patriótica. El primer día que llegó a Yerbabuena lo recibió Jorge Plazas, jefe técnico de la imprenta, quien lo miró con indiferencia o tal vez con la preocupación, a veces exagerada, del que ama el lugar donde trabaja y siente que la inexperiencia de la juventud complicará las cosas. “Recuerdo que me dijo: ‘Un mocoso como usted no puede venir a dañar esto. Este es un trabajo serio’, y me miró como si pensara: ¿Qué le estará pasando al doctor Rivas?’ Ese primer día me devolvió. Pero cuando uno sabe lo que hace se gana el respeto de las personas”. Al otro día volvió, muy orondo, el señor Jiménez, por orden del director, don José Manuel Rivas Sacconi, sin sospechar que allí se pensionaría. Al principio, las cosas fueron contradictorias: la persona a quien reemplazó no le entregó un informe de las cosas que se llevaban a cabo y, para hacer más novelesco el asunto, el impresor, de apellido Tapias, renunció a la Imprenta Patriótica arguyendo que su dignidad no le permitía ser mandado por un jovenzuelo de diecinueve años. Pese al ambiente adverso, ese “jovenzuelo” —el futuro señor Jiménez— ascendería y, pasados dos año, sería jefe de taller; luego linotipista, y en 1969, el Jefe de la Imprenta Patriótica.

Pero la ironía siempre está a la vuelta de la esquina poniéndonos a prueba. Por eso —cuenta el señor Jiménez—, un día recibió una llamada de la señora de Tapias. “Me dijo que estaban pasando dificultades económicas, que olvidáramos las peleas y que volviera a recibir a su esposo. Yo le respondí que no era hombre de rencores y pensé que hasta de pronto tenía razón el señor Tapias, porque a alguien que se ha fregado toda la vida debe darle duro quedar a órdenes de un mocoso, y él era un hombre de genio parejito. Lo reintegré y él también se pensionó aquí en el instituto”, expresa don José Eduardo con una tranquilidad a la que parece estar habituado. Cuando escucho estas anécdotas se me ocurre pensar que, aunque las palabras quedan en el papel y en la historia, son nuestras acciones las que le muestran al mundo lo que somos, y por eso, con los años, este personaje se ganó el respeto de sus compañeros. “Con el tiempo, los que trabajábamos en la imprenta nos volvimos una familia, una fraternidad, y teníamos una regla de oro: los problemas personales en el trabajo se iban al diablo”. Con esta filosofía logró sobrellevar las cargas del trabajo por cincuenta años. “Si contara las horas extras, serían diez años más —apunta jocosamente—. El doctor Rivas era noctámbulo y en ocasiones trabajaba hasta las 11 de la noche o más. Era un gran hombre”

La Imprenta Patriótica del ICC se fundó el 20 de julio de 1960 porque en esa fecha se cumplían 150 años del grito de la Independencia. “Su creación fue un homenaje al precursor y tipógrafo Antonio Nariño. España perdió su lucha cuando la juventud se enardeció con esas ideas de emancipación, cuando se imprimieron los Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Mientras comenta esto, el señor Jiménez se yergue. Es como si somatizara ese orgullo por la profesión que desarrolló a lo largo de los años, consciente como lo está del poder que tienen los libros en el mundo. Su elaboración es uno de sus temas predilectos, porque la Imprenta Patriótica y el flamante sello editorial carocorvense mantienen un sistema editorial que en esta era digital es como el tesoro del arca perdida. “En cada lugar del mundo adonde hemos ido nos preguntan cómo hemos hecho para perdurar y nos felicitan porque conocen su valor histórico. Aquí los libros se cosen con hilo y se pegan con colbón. Es una secuencia de procesos demorados de corrección, composición, armada, corte de papel, encuadernación, revisión y entrega; un oficio desgastante, pero la tinta y el trabajo artesanal les garantizan una vida más larga a estos libros”. La Imprenta Patriótica fue la segunda casa del señor Jiménez; por eso, cuando habla de los horarios “extendidos” de los días de entregas grandes, su esposa lo interrumpe: “Sí: me toco criar tres hijos sola”, y sonríe. “Tampoco no hay que ser exagerados”, le responde él.

Las imprentas oficiales cambiaron el sistema y fueron modernizándose. Por eso nos regalaron algunas máquinas para fortalecernos. La imprenta representa una memoria histórica de la cultura material de Colombia, y el instituto decidió mantenerse en el sistema antiguo porque era necesario que el país guardara un testimonio de lo que ha sido su evolución de las artes gráficas”, enfatiza el señor Jiménez. Cuando uno visita la imprenta, el lugar está muy aseado, las máquinas se ven relucientes y en buen estado, las personas que trabajan allí lo hacen en un ambiente que los extraños perciben armónico. La mayoría tienen más de cuarenta años y trabajan concentrados, con la habilidad que da la experiencia en el oficio, en lo que mejor saben hacer, en lo que hacen “con amor”.

Siempre hemos intentado mantenerla bien conservada, y por eso con seguridad podemos decir que esta imprenta puede durar cincuenta años más”. El Instituto siempre ha mantenido una política de conservación de este patrimonio e imprime libros que van a parar a las principales bibliotecas del mundo. Incluso instituciones como la Unesco han mandado hacer libros aquí. Por eso el señor Jiménez entiende su labor como algo que va más allá de dirigir, manejar cifras y cuantificar logros, de involucrarse en el mundo egocéntrico y pragmático de los reconocimientos y los balances. En el ventanal desde donde ve todo el interior de la imprenta, reflexiona y con un susurro sostiene, ya para ir almorzar y acabar la entrevista: “Estamos parados en un bastión de la tecnología antigua, un lugar que emplea el protagonismo del hombre en los procesos de producción. Eso le imprime a esta editorial un carácter humanístico que está implícito en el libro carocorvense, donde cada parte es apreciada por alguien, porque todo es manual. Mire; huela”, y me pasa un libro de hojas gruesas que exhala un aroma a tinta fresca.

Le paso un dedo por la superficie y siento el espesor de la tinta. Luego lo dejo en la mesa y pienso en ese lado humano que tanto valor tiene un lugar como estos en el mundo y que también se convierte en el problema que a futuro enfrenta la Imprenta. A pesar de los talleres a los que asisten asiduamente las universidades, el señor Jiménez reconoce con preocupación que trabajar en un baluarte de otra época no tiene salida laboral y tal vez por eso, en un futuro inmerso en la impresión digital, no se hallarán manos para realizar este arte. Tal vez me equivoque y nuevos ojos y generaciones se enamoren de este legado y no permitan que el tiempo lo aniquile.


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