«El galeón sumergido», un cuento de Manuel Zapata Olivella

Diseño gráfico que acompaña la noticia y el cuento de MZO sobre el galeón San José.

El gobierno de Colombia está avanzando en la etapa de caracterización del proyecto de investigación del galeón San José, utilizando solo sensores remotos sin realizar intervenciones directas. Este 22 de mayo, en Cartagena, se anunciarán nuevas acciones para proteger el patrimonio cultural sumergido de la nación.

A propósito de este tema, desde el Instituto Caro y Cuervo compartimos un bello cuento de Manuel Zapata Olivella, publicado en el libro Entre ekobios. La obra explora aspectos del trabajo de Zapata Olivella entre 1920 y 2004, destacando materiales de archivos con datos incompletos y voces no escuchadas, lo cual refleja el diálogo, la curiosidad, la circulación del conocimiento y la gestión política, cultural y académica de los ekobios convocados por Zapata Olivella, el ekobio mayor.

El galeón sumergido

Manuel Zapata Olivella (1920-2004)

El buzo exclamaba con voz salitrosa y amarga:

-Aquí en tierra, entre los hombres egoístas, soy miserable. Pero allá, bajo el mar, entre los peces que guardan mi tesoro, soy rico y poderoso.

Quienes lo escuchaban, ebrio y delirante, solían reír. Cada cual podía emborracharse y hablar tonterías. Tenía ojos de mojarra, grandes y sanguinolentos. Era extraño oírle exclamar que solo le servían para mirar las profundidades submarinas. Su cuerpo rechoncho, abollonado, parecía una foca grasosa que un tifón ártico hubiera arrojado a la playa.

Vivía entre cascos desvencijados de balandros, astilleros de chalupa y ostras vacías. Transpiraba el mismo olor de la bahía de Cartagena, mezcla de algas asoleadas, sangre de sábalo y alquitrán envejecido. Su cubil era una especie de caramanchel construído con rotos timones de canoas, arboladuras desmanteladas y pedazos de escotillones calafateados con estopa. Sin embargo, permanecía más tiempo bajo el mar que a pleno sol remendando velas de goleta o bajo la enramada de mangles y palmas de coco. Contaba que en puertos sureños, cuyos nombres había olvidado o no deseaba confesar, fue pescador de esponjas y que en el acantilado de una isla sin nombre descubrió un banco de madréporas y perlas. Hablaba de esas aventuras cuando buceaba caracoles y ostras en la bahía. Ni los zambullidores más expertos conseguían acompañarlo en todo el trayecto de sus inmersiones.

– Bajo el muelle hay un mero inmenso! Me entré en su boca creyendo que era un túnel.

Los isleños lo miraban con sus ojazos en blanco.

-El otro día, entre las rocas, encontré una sirena dormida.

Bien sabían que gustaba de exageraciones, pero cuando los botes pesqueros regresaban a la playa, era el suyo el que más caracoles traía, arrancados de lo más hondo del mar.

Se había enraizado en la Playa del Arsenal como un ostión a la quilla de los barcos encallados. Imaginársela sin él era imposible. Por eso, tal vez, nadie sabía cómo ni cuando apareció entre las jarcias abandonadas. Se rumoraba que borracho, lo dejó su barco, un salitrero chileno. Habladurías! Ese barco y otros muchos llegaban constantemente a Cartagena sin que él hiciera el menor intento de abordarlos. Todos, sin embargo, atribuían su locura a la primera zambullida que hizo en la bahía para sacudirse el marasmo que le produjo al verse en un puerto extraño sin pasaporte, sin equipaje y sin nombre.

Aquella tarde midiendo el silencio como un pez, oteaba la vela distante de una chalupa. Algunos pescadores, inclinados sobre el muelle, tiraban sus curricanes. Se desnudó, dejándose apenas un trapo en la cintura. Pecho y brazos mostraban tatuajes de anilinas azules y rojas con dibujos de anclas, brújulas y salvavidas. Nada de mujeres desnudas ni corazones atravesados de puñales, propios de marineros de ocasión. Tras de persignarse, de un salto se hundió en las aguas. Lo último que se vió de él fue su desgrañada cabellera como un inmenso calamar negro que le persiguiera.

Diez segundos, treinta, cincuenta, un minuto…

Los pescadores contaban el ritmo de sus pulsaciones y se miraban asombrados. ¿Se había ahogado? ¿Quién era? Allí estaban sus ropas: un pantalón de dril azul y una franela a listas.

Allá en lo profundo se insinuaron sus brazos y piernas agitándose. Y de nuevo emergió a la superficie con estruendosos resoplidos. Tragó aire, su ancho cuello se abultó como macho carey en celo y volvió a perderse en las profundidades.

Al subir al muelle exclamó asombrado:

-Abajo hay un galeón sumergido!

El capitán del puerto reparó en sus ropas grasientas y le volvió la espalda indiferente. Tuvo hambre. Aún cuando no poseía una sola moneda en su bolsillo, se sentía más rico que todos los armadores del mundo juntos: era dueño de un navío. Toda su vida deseó poseer una pequeña barca pesquera, sin que sus ahorros de marinero alcanzaran para comprarla. Y sorpresivamente, al zambullirse en un día de hastío, se encontró un barco. Inútilmente lo repetía en todos los tonos. Nadie le creía. Muchos habían enloquecido en el fondo del mar por la presión de las aguas sobre los tímpanos.

Solicitó audiencia al gobernador. El portero dudó mucho antes de anunciarlo:

-Un extraño dice tener algo muy importante que comunicarle. Yo no sé si está loco, señor. Le he dicho que usted no puede atenderlo porque es un funcionario muy ocupado. Ha insistido. Por fin me contó al oído que ha descubierto en la bahía, bajo las aguas, un barco antiguo o algo así!    

-No me interrumpa para contarme idioteces!

El buzo de pantalón azul y franela a rayas, bajó las escaleras desilusionado. El gobernador había sido su última esperanza. Fue entonces cuando comenzó a hablar de los hombres egoístas y de los peces generosos. Buscó refugio allí, en la playa, cerca de su galeón sumergido. Mientras remendaba redes y velas no se sabía si añoraba  las distantes islas del sur donde dejaría a su madre o si rememoraba sus incursiones en la bahía a diez o quince brazas bajo el mar. Apretaba sus dientes con los que cortaba los hilos de las atarrayas. Mordía y escupía. Su odio contra los incrédulos parecía concentrarse allí en su afilada dentadura de tiburón. Cuando se alejaba de la playa para recorrer las callejuelas de la ciudad, resultaba un ser extravagante. Caminaba meciéndose, zarandeado por olas invisibles. Era el océano desbordado, metido en un puerto extraño.

-Me creen loco. Ah, si ustedes pudieran bajar allá y vieran! El capitán yace al lado de la bitácora, parece que estuviera dormido. La cubierta está desguarnecida. Hay tres anclas grandes y dos cañones. Un pequeño escotillón conduce a las bodegas; siempre que intento bajar allí, me falta el aire y me sumban los oídos. Pero he alcanzado a ver los tesoros de oro y esmeraldas. Si tuviera una escafranda podría rescatarlos y mostrarles a ustedes riquezas jamás imaginadas!

-Déja de hablar de tu barco hundido y tómate otro trago!

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El mar, más que los años, fueron carcomiendo su cuerpo. Igual que los barcos al regresar a puerto, después de cada sumergida mostraba pequeñas averías que él mismo ignoraba. Sus pulmones, sometidos a fuertes presiones, perdieron elasticidad y llenos de aire  -el aire que tanto añoraba bajo las aguas- se ahogaban sin poder renovarlo. A veces tosía obstinadamente y solo lograba calmarse cuando escupía espesos coágulos de sangre. El silencio de las profundidades le acompañaba permanentemente. Los tímpanos rotos apenas le dejaban escuchar sus voces interiores que le hablaban a gritos de su barco. Ya sus ojos, acostumbrados a la oscuridad submarina, no alcanzaban a mirar el sol. No podía remendar ni pegar parches en las velas desgarradas. Vivir fuera del mar se hacía cada vez más duro.

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En la playa revoloteaban los chorlitos entre las aguas húmedas. La sirena de un barco que se despedía resonó tres veces, hiriendo sus oídos, sordos a las palabras. Sintió calor como aquella tarde de su arribo. Allá abajo, en su galeón, la marinería izaba las velas y sus voces piratas lo llamaban a bordo. Se arrojó al agua, pero su cuerpo se hundió lentamente. Diez años atrás lo habría hecho veloz, audaz, arpón dirigido a las profundidades. Allí estaba su barco. Descendió por la arboladura mayor hasta la cubierta. Las masas azules y oscuras de las aguas habían silenciado a la tripulación. El capitán se zarandeaba en el puente, envuelto en su capa negra. En el escotillón que conducía a la bodega encontró el ancla. Otras veces intentó removerla inútilmente. Hizo esfuerzo para levantarla y la pesada cruz lo aprisionó contra la cubierta. Cientos de pececillos comenzaron a cruzar ante sus ojos -perlados, rojos, verdes- rubíes y esmeraldas que emergían de las bodegas. Su tesoro, hasta entonces sepulto en los viejos arcones piratas, se volcaba hacía él. La gran noche submarina cerró sus párpados y con el inmenso pero del océano sobre sus pupilas, se quedó dormido.

(Tomado de Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Abril de 1962. Volumen V, número 4. Bogotá).

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